LA PALABRA COMO REGALO
Hay ciertas profesiones en las que por el lugar que ocupan (no justamente por el reconocimiento económico y social) la palabra tiene una mayor responsabilidad, tiene mayores consecuencias. En otras palabras, el impacto de la palabra dicha y el público que la escucha es mayor que en otros ámbitos. Esto se da por ejemplo en áreas como la salud, el periodismo, la política, la educación, la religión, las áreas sociales, por ejemplo.
¿A qué viene esto? A que en estos días escuché por muchos medios la frase del Presidente acerca de que “lo que hace evolucionar al país no es el mérito”, tema al que prefiero no hacer ninguna referencia porque no es en el contenido en lo que me quiero enfocar y, en todo caso, la mayoría de la gente que me conoce sabe lo que pienso al respecto. Ninguno de los/as periodistas que escuché esa afirmación pudo (o tuvo la intención) de contextualizarla. Justamente en las palabras, como en muchos otros hechos y prácticas, es más importante, mucho más importante, el contexto que la palabra propiamente dicha. Y en casi todos los casos lo que escuché fueron repudios con idénticos argumentos y casi las mismas referencias que reforzaron esos dichos.
Como casi siempre que escribo algo, pecaré y elegiré ser ingenuo. Sé que todo tipo de espacio colectivo/corporativo tiene sus intereses, sus límites, pero creo que no siempre quienes pertenecen a ellos son conscientes de los mismos, por eso estas líneas. Es que muchas veces lo que espero de aquellas personas que hablan en nombre propio y en nombre de “otros/as” sea un regalo, no que piensen como yo, sino que me ayuden a pensar, me ofrezcan algo que haga la diferencia, que me digan algo que en el sentido común no hubiéramos pensado o escuchado ya antes. Y acá es donde todo se vuelve cuenta gotas. Si mis palabras como docente, político, periodista no les generan un interrogante nuevo a quienes les hablo, no les estaré regalando nada. Por eso es que también dudo de los que tienen tantas certezas y pocas preguntas.
Si volvemos a la frase dicha anteriormente, la periodista que hacía su editorial de ese título (y solo un título) reivindicaba el mérito individual como motor de la “evolución” del país y recurría a la siempre orgullosa experiencia histórica de la inmigración europea y el esfuerzo de esos/as que vinieron. Lo fue. Pocos pueden negarlo. Pero al hacerlo tan incansablemente no le estamos regalando a quienes nos escuchan la posibilidad de saber que, por ejemplo, en nuestro país también hubo y sigue habiendo otras tantas inmigraciones que llevaron el esfuerzo de mucha gente. Es un recorte temiblemente selectivo. Posiblemente decir que llegaron africanos negros antes que los europeos o asiáticos o de países limítrofes en la actualidad, ya no nos enorgullezca tanto. Por otro lado, al seguir citando esa experiencia orgullosa de inmigración europea tan descontextualizadamente olvidemos que fueron sus países los que “expulsaron” a nuestros abuelos de sus raíces, de que fue la guerra y el hambre lo que los trajo aquí y que posiblemente fueron más los sufrimientos que los placeres que implicó esa inmigración. Es el peligro de romantizar lo que está lejos de nosotros. Y es que dicen los psicólogos que si nuestra mente sigue apegada a un pasado que ya no es, que no podemos integrar a nuestra vida, corremos el riesgo de volvernos melancólicos y con ellos, vivir en una permanente tristeza.
Las palabras son regalos y hoy los hay muy pocos. Tal vez esa mujer que en sus 7 o 10 minutos dijo algo que ya escuchamos incansablemente habrá reforzado las ideas de muchos/as de sus oyentes con un gran movimiento de mentón de arriba hacia abajo. También habrá reforzado los intereses de su medio. Pero a los que la escuchamos y escuchamos “sentido común” por todos lados no nos habrá regalado nada nuevo. Ni siquiera un dato, una pregunta nueva. El regalo me lo tuve que hacer yo.
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