SUJETOS DEL CREER
Un guardia de seguridad se acerca al lugar más angular y distante del interior de la Iglesia, mirando desde el altar, al fondo a la izquierda, donde sólo hay bancos por esta especial y multitudinaria peregrinación, sino, en lo común, no es posible sentarse allí. En ese último banco había una chica pelirroja de unos 16 años concentrada leyendo un libro. El guardia se le acerca, le dice algo que no alcanzo a leerle los labios y atrás de él un hombre que pareciera ser el papá. Sí, es el papá. Carga con un nudo y un llanto silencioso (porque mientras esto ocurría se estaba desarrollando una de las misas extrahorarios de ese día). El llanto del padre carga impotencia, culpa, vergüenza. Tan anudado está que no logra ni abrazar a la chica, sino adelantarse a salir del templo y, con mucha calma y opuestamente al nerviosismo del padre, ella se retira caminando lentamente tras él. Los tres se retiran: el guardia que la encontró, el padre y la chica pelirroja. Un hecho que solo notamos las 15 personas que estábamos en ese espacio porque, por tener tapada la visión por las columnas, nuestra atención se focalizaba en lo que allí pasaba mientras imaginábamos la escena principal del sacerdote hablando que únicamente podíamos oir.
Una niña de unos 5 años le ata los cordones a su papá que se encuentra sentado escuchando la misma misa donde se dio el hallazgo de la chica pelirroja. La niña de 5 años le está atando los cordones a su papá inventando un nudo que pareciera no tener firma todavía, en este mundo donde todo tiene marca. Un nudo que tampoco pareciera tener principio ni fin y díficilmente la niña recuerde como desatarlo. Un nudo inédito. El padre cada tanto la mira de reojos y esboza una leve sonrisa. La deja. La deja que haga lo que siente, porque el padre ve que la nena está muy comprometida con lo que hace aunque los cordones de esa zapatilla luego sean difícil de desatar. El padre la deja que explore e invente. Luego de unos cinco minutos la obra parece terminada. El padre y la niña se miran y sonríen. Miro todo el suceso de reojos y no puedo evitar también sonreir con la misma complicidad. Algo de esa gratuidad del padre con la hija, algo del cuidar la inocencia de la niña, algo de la libertad para que cree con los menores condicionamientos posibles, algo de todo eso debe ser eso que llaman amor de padre.
Una mujer de unos 50 años está en la puerta del templo con su hija, minutos antes de que comience la misa. La mujer tiene en su mano una botella que tiene una etiqueta de la Virgen de Guadalupe, por lo que seguramente debe ser agua bendita. Sin mucho pensar ni consultar le mete un trago a la botella. Pareciera que fue un trago de sed, no de que estuviera intencionando alguna bendición/curación del triperío. Tampoco sé si el agua bendita será integrada de otra manera en el organismo. Posiblemente sí y nunca lo pensé. O nunca bendije el agua que tomé. Habría que preguntarle a esa mujer.
El "rescate" de la chica pelirroja, la niña creando un nudo inédito con los cordones de su papá o el trago de agua bendita de la mujer son escenas de un rato en la fiesta de la Virgen de Guadalupe, para varios/as, con peregrinación incluída. Desconozco si estas fiestas nos predisponen de una manera diferente, pero el tiempo transcurre de otra manera y lo que pasa se percibe diferente. Hay miles de mundos, de historias en unos cuantos metros cuadrados.
Yo no sé si es por mi fe (dudo de ello) o por querer ser parte de esta masa de gente que decide movilizarse hasta un templo con sus historias y sus fragilidades es que generalmente decido acercarme y participar. Son fiestas realmente y suele haber muchas cosas de las que hay en las fiestas: alegría, ritos, preparación, pero también se muestra cómo estamos, lo que traemos. En estos eventos la vulnerabilidad humana se desnuda. Nadie tiene vergüenza de llorar desconsoladamente, de estar con una vela encendida, de permanecer treinta minutos arrodillada, de andar con un barbijo o de meterle un trago al agua bendita. Pero año a año descubro que la fe, el creer, es una energía que mueve, despierta, abre. Y eso me conmueve. Es una energía que nos conecta con lo humano, con la existencia frágil, con una humildad que nos iguala, tan perdida últimamente. No sé si habrá tantas otras opciones de la vida en este tiempo por las que decidamos movernos hasta un templo y mostrar esa vulnerabilidad frente a desconocidos y sin filtros de instagram. Tampoco creo que mucha de la gente que esté ahí haya ido "porque se lo pidieron", más que algún niño aburrido y enojado. Es un creer activo, dinámico, colorido, original. Un creer que toma variadas formas según las historias que convoquen. Somos sujetos del creer y seguramente este modo de creer lo repliquemos como hologramas en nuestros vínculos, en nuestro amor propio, en la política, en nuestra relación con el arte, la naturaleza y tantas otras cosas.
También elijo ir porque creo que estas fiestas me muestran la religiosidad popular conectada realmente con la vida. El rito conteniendo la vida como se muestre; la oración anudada con una emoción; el silencio, cómplice, abrazando la fragilidad. Respeto y me gusta esa forma de vivir lo religioso. Frecuentemente pareciera que me falta esa fe, pero eso no me da culpa. Ya no rezo para pedir sino para mediar lo que me va tocando. Muchas veces ni rezo. Pero respeto esta manera de vivir religiosidad, ese "religare", ese estar conectado al barro, asumiendo la finitud. Respeto la fe mariana porque a mi mamá le da sentido y porque muchas mujeres a lo largo del tiempo han encontrado modos de ser mujer espejándose en ella. Y es que pareciera que cuando somos masa con miles de historias singulares contenidas allí es más fácil entender lo religioso. Y es que en el rescate de la chica pelirroja, la niña creando un inédito nudo con los cordones de su papá o el trago de agua bendita de la mujer reconozco lo valioso y valiente de creer, o eso que confusamente llamamos "Dios" se hace un poco menos difuso.
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