LOS COSTOS DE ELEGIR LA PERTENENCIA
Duele, nadie lo va a negar. No es bronca, es tristeza. Son los costos de elegir pertenecer a algo que te representa. Lo que le pasa al conjunto te afecta. Pero son estos lugares de pertenencia los que te cobijan, cuidan, dan un abrazo en muchos momentos. En la pertenencia a un colectivo te reconocen, por eso tiene tanto valor. En la pertenencia a lo colectivo construís una identidad. En la pertenencia afrontás lo que viene con otros/as. Un color, una frase o una matriz que se parece a tu historia hacen, te invitan a querer estar ahí, a que, inconscientemente, algo tenga que ver con vos.
Sin embargo, toda colectividad tiene una historia y vida propia que a veces la hace entrar en contradicción con la tuya. Te avergüenza, te enoja las decisiones que se toman, te decepciona saber que lo amás pero vos harías las cosas de otra manera. Pero así como la vida personal tiene sus desaveniencias, en esa historia colectiva que se teje también vamos nutriéndonos, construyendo nuevos recursos. Y a su vez saber que las decepciones que sentís también las viven otros por estar en ese mismo colectivo hace que los pesos sean un poco más livianos.
Hace unos minutos descendió Colón. Es la segunda vez que lo vivo en mi vida. Duele menos que antes, pero duele. Es algo muy triste porque esos colores son algo que se entrecruza con mi historia. El fútbol, eso que dicen que es de las cosas más importantes de las menos importantes. Frase dudosa en esta Argentina que no solo se alimenta de pan sino de los goles del Diego o Messi.
Cuando hacemos el contrato de fidelidad a estas identidades también firmamos las decepciones y alegrías colectivas. Firmamos ese contrato incluso sabiendo que las frustraciones sobrepasarán las alegrías. Serán pocos los momentos en que podamos cerrar el puño y llorar de alegría. De hecho, Colón salió campeón una vez en 118 años.
Pero creo que hay una receta para equilibrar estos golpes y es no diluir los sueños y proyectos personales. No depositar todo mi destino en esas variables que no dependen de mi. Yo no puedo mover una aguja del destino de Colón. No entro a la cancha a jugar y eso me hace aceptar que sea lo que tenga que ser. Festejar mucho, muchísimo la alegría, y asumir la posibilidad de estar expuesto a sufrir, lo que es muy posible. Que la adhesión a un equipo me nutra, sume alegrías, pero que mi vida se juegue en mis proyectos, en seguir soñando, de este modo la felicidad que me dé lo externo será con una mayor gratitud, con menos expectativas.
Insisto, duele, pero de aquello que no puedo modificar un centímetro su destino, solo me queda aceptar, entregarme al misterio de la vida. Y festejar mucho en la alegría para que cuando duela tenga la capacidad de aprender, de refundarme con la menor inestabilidad posible. Como se viene repitiendo en estos últimos años, nadie dejará de ser de Colón.
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