LA FIESTA EN LA ESCUELA
Dice Joan Manuel Serrat en su canción ‘Fiesta’: “hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha; juntos los encuentra el sol a la sombra de un farol, empapados en alcohol abrazando a una muchacha”. Hace unos días fue la estudiantina en la escuela, fue día de marcada fiesta. La fiesta que (creo) todos/as los/as adolescentes esperan. Es la que celebra su día, el de los/as estudiantes. Y era curiosa la cantidad de cosas que percibí que moviliza.
Esa mañana me desperté e inmediatamente se me vino a la cabeza esa canción de Serrat. Sentí que algo de eso es lo que se vive en las estudiantinas y que ya se venía percibiendo en los días previos. La fiesta es ese lugar que se sale del tiempo, de la rutina. Sale del tiempo pero te saca del tiempo. En la fiesta el jefe no es jefe y el obrero no es obrero. Es una multitud que iguala. De todos modos, en el tiempo actual la fiesta está cronometrada, tiene una duración y termina luego de tantas horas. No importa si treinta minutos antes de la finalización recién estabas entrando en ritmo. Se terminó y hay que volver. La fiesta mismo va perdiendo su carácter recreativo. Pero, volviendo a la canción de Serrat y la estudiantina, esta fiesta, que casi todas las escuelas de una manera u otra deciden celebrarla, ya está bastante institucionalizada, y el viernes pasado vi como el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha. La posibilidad de hacer fiesta en la escuela también sale del tiempo y saca del tiempo a los/as estudiantes. Es realmente reconfortante cómo el tímido puede bailar y ocupar un lugar en la pista dejando su timidez en el aula y cómo también el “mal alumno”, puede darse la oportunidad de que reconozcan alguna otra cualidad que en el salón no se despliega. Es curioso ver cómo personalidades que áulicamente parecen antagónicas pueden bailar juntas en una coreografía.
La fiesta iguala, borra las diferencias académicas y trae otras nuevas. Enseña a que, si lo que hago me genera algún goce estaré dispuesto a priorizar lo colectivo por lo individual, en otras palabras, deja de ser importante cómo me cae el otro para enfocarme en producir algo bello. Afloran los enojos en aquellos que se comprometen más que otros, o en cómo deberían ser hechas las cosas, pero así y todo, en la mayoría de las veces hay ánimo de solucionarlo porque hay algo superador esperando. Por eso, aquí me surge la pregunta acerca de cómo hacer de la fiesta un acto pedagógico, o, abriendo un poco más el arco de análisis, cómo acompañar y explicitar sentidos nuevos de todas aquellas prácticas que no son parte del aula, del curriculum, de lo instituído y formalizado, sino más propias del “pasillo”, de lo que se teje en lo informal. El pasillo y la fiesta también educan y también son parte de la escuela. Surgen allí y se construyen con quienes se comparte el curso. Nos permite proyectarnos y soñar juntos/as. No sé si hay muchas otras instancias en el año donde los/as adolescentes trabajen colaborativamente, distribuyan roles, discutan y prioricen lo colectivo-curso por sobre lo individual. No estoy seguro que haya demasiadas.
Por eso, se trata de no tenerle miedo a la fiesta, de animarnos a incluirla y también entenderla como parte de la escuela. El mismo Serrat nos canta al final: “se acabó, el sol nos dice que llegó el final, por una noche se olvidó que cada uno es cada cual”, y es que cada tanto olvidarnos que cada uno es cada cual es sano, nos permite a todos a animarnos a ser algo que no conocemos de nosotros y que, al menos por un rato, deje atrás todas esas etiquetas que me construyeron en el aula.
La fiesta nos invita a empezar de nuevo despojándome por un rato de etiquetas.
Al final de la canción Serrat va concluyendo com una estrofa que dice: “y con la resaca a cuestas, vuelve el pobre a su pobreza y vuelve el rico a su riqueza…”. Aunque con esta frase denunciaba el carácter conservador del franquismo español, la pregunta es si nuestros alumnos vuelven iguales al aula o si la fiesta transforma. Y me acerco más a esta segunda posición. ¿Verán igual los/as adolescentes a ese compañero tímido que se animó a aparecer delante en la coreografía? Tampoco creo que esa persona vuelva igual. Dio un paso que, desde lo instituído en el aula, a veces nos resulta complejo habilitar. Y lo informal lo permite. Por eso, la fiesta en la escuela nos anima a enseñar que a la vergüenza le podemos poner una careta, o al miedo una peluca o a la tristeza un vestido fucsia. Como escuela debemos animarnos a incluir la fiesta para que cada quien desande un camino que lo anime a construir nuevos recursos, así empezar de nuevo y que "por una noche nos olvidemos de que cada uno es cada cual".
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