EL MITO DE LEANDRO

Cuentan los narradores que en el mismo campo en el que Narciso pasaba sus días mirándose frente al reflejo del lago, caminaba su hermano Leandro. Éste era hijo de la misma ninfa Liriope, de la que había nacido Narciso, pero, a su vez, era hijo de Cronos. Leandro fue uno de los pocos hijos de aquel que logró escapar de ser devorado por su padre. Aborrecía a su hermano por no poder salirse del vicio de quedar pegado a sí mismo. No entendía cómo podía perderse todo lo que pasaba a su alrededor, el centenar de mujeres que lo deseaban y, sin embargo, él únicamente se enfocaba en la belleza de su imagen.
Leandro era un gran seductor, por lo cual nunca se encontraba sólo, sino que siempre lo acompañaba alguna doncella. Pero al cabo de un tiempo de estar con ellas, él se aburría y se las comía. Cada mujer que se devoraba le hacía activar su cuerpo; su corazón latía más fuerte, sus ojos se abrían hasta poderse visualizar las pupilas completas, sus músculos crecían y su energía vital aumentaba exponencialmente. Sin embargo, este comportamiento se iba llevando al extremo cada vez más y Leandro no perdía nunca el apetito, hasta que un día, luego de devorar más de 80 mujeres, su cuerpo explotó por los aires. Su masa, su carne no soportó más haber comido tantas personas. Cuentan los narradores que al caer la sangre de Leandro sobre la tierra, aquella hervía y quemó toda hierba que abrazaba, pero no solo eso, sino que de cada porción de su carne y sangre que tocaba el suelo nunca más brotó vida, ni siquiera las aves de rapiña fueron por ella.

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