NO EXISTE EL ENGAÑO
No existe el engaño. ¿Qué cuido cuando
“engaño”? ¿A quién cuido cuando engaño? ¿De qué me visto cuando engaño? ¿Es tal
vez que mi psique aún no está preparada para afrontar la desnudes de mi
realidad? No existe la mentira, sino que son formas de cuidarme. Tal vez a mi
yo desatendido, a mi pulsión que no calza en las formas institucionalizadas, a
asumir que un amor ha terminado o a mi encuentro con un nuevo deseo. ¿Cuál es
la distancia que hay entre mi “yo engañador” y mi yo –que sabe que ha sido-
engañado? ¿Qué tipo de encuentro se daría entre estos dos si los sentara a
tomar un café? ¿Quién hablaría primero? No existe el engaño. Pasar de ser el
engañador a “decir la verdad” es vernos caminando en una cornisa donde no hay precipicio
sino nuestras propias sombras, o, ¿cuántas veces hemos mentido a mamá para
evitarle un miedo cuando salía de noche o para protegerme yo mismo de un reto?
No existe el engaño. El problema del engaño es
el problema por la verdad y es que incluso el blanco y el negro no son más que
dos colores entre un infinito. O el blanco y el negro nunca llegan a ser
completamente blanco y negro. Hay blancos y negros, porque en realidad sólo son
dos conceptos. Son el símbolo del paradigma de la disociación, cuando en
realidad no hay un yo y otro, no hay nadie fuera, sino un espejo de mí. No hay
engaño, hay una verdad que cuida algo o a alguien, al menos en una etapa. Por
supuesto que hay consecuencias y sufrimientos, siempre las hay, incluso en eso
que llamamos LA VERDAD. O como canta Ismael Serrano: “ahora que las noches sin
tu luz me han enseñado que toda felicidad deja algún damnificado”.
No existe el engaño. Mi verdad es el resultado
del mundo que hoy voy pudiendo construir. Existe el ego y el temor a asumir que
me metieron los cuernos, y por tomarnos las cosas de manera personal es que
muchas veces sufrimos. Sabemos que toda acción tiene consecuencias, somos seres
afectivos, afectamos y nos afectan. El tema es qué parte de nosotros nos
afectan. Existen 2 o más personas adultas que diciéndose libres hacen lo que
pueden con esos mundos que han ido edificando y en esa libertad de que dicen
gozar construyen un universo narrativo.
No existe el engaño, acabo de descubrir que
tengo multitudes que conviven en mí, como decía Walt Whitman, y que por
momentos andan a las patadas. El niño está integrado, por eso no sabe mentir,
pero conforme va creciendo la cosa se multiplica, complejiza y moraliza. Por
eso vuelvo al comienzo, ¿a cuál de mis versiones cuida eso que llamo engaño? ¿A
mi niño que no quería preocupar a mamá? ¿A ese que dice ser la pareja
intachable? ¿A ese “yo” que no sabe afrontar las situaciones límites? No hay
afuera, hay una proyección mía construyendo una realidad. Y sí, no existe el
engaño. En todo caso existe el “mengaño”.
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