DESTINO
Terco caminar con certezas que tal vez nos
fueron dadas desde vaya a saber qué antepasado lúcido que nos indicó un camino.
Tal vez el destino no sea más que el reencuentro y sentarme al lado de aquel
que siempre estuvo sigilosamente cuidándome.
Tal vez destino comprende la inconsciencia del
caminar sin rumbo para hallar esa sombra que siempre estuvo conmigo. Tal vez
destino es cuidado, compañía, seguridad ante el desamparo del tiempo. Yo sigo
buscándolo a aquel antepasado lúcido que nos indicó un camino. Ando sin rumbo,
pero voy ensuciándome y cambiando zapatos que se van gastando. Y me va doliendo
la espalda y la cintura de moverme. Creí tener un rumbo, ¿a dónde va? ¿A dónde
voy? ¿Dónde estoy? ¿Dónde fue aquel?
Tal vez 100, 500 o 1000 años han pasado desde
que nos indicó el camino. ¿Y si en realidad no existió nunca y no fue más que
un relato de la abuela que nos regaló para que algo permanezca en las
generaciones? Empiezo a entristecerme porque ese antepasado lúcido que nos
indicó un camino no aparece ni se esboza de ninguna manera. Permanece oculto.
Sólo el relato lo mantiene vivo. Mientras tanto, cruzo gente que me dice que me
ven diferente, que cambié mis formas de hablar, que miro distinto, que tengo
una postura nueva. “A vos no te gustaba cantar”, me decían. Y es verdad. ¿De
dónde salió esto? Ah, sí, le agarré el gusto cuando vi al viejo y su guitarra
cantando flamenco hace un tiempo, pero no había notado de que me lo apropié.
Pero aquel componía música también. ¿A dónde va? ¿A dónde voy? ¿A dónde estoy
yendo?
Siento complicidades y me empiezo a reconocer
en estas novedades que me indican. Siento que no hay destino sin moverme.
Siempre tengo presente a ese antepasado lúcido que nos indicó un camino. ¿Y si
verdaderamente existió? ¿Por qué se lo recuerda tanto? ¿Qué pasó con las otras
generaciones? ¿Acaso destino fue sólo réplica? Me amigo con la idea religiosa
de que aquel fue y es. No importa si existió o no.
Me siento a descansar en un banco. Me duelen
los pies y un poco la cabeza. Se me acerca un joven con ánimo y apuro de
preguntarme algo:
-
¿Usted
no es de acá, no?
-
“No”,
le respondo.
-
“Me
parecía”, me dice. “Se lo ve distinto al resto. Por cierto, ¿Sabe dónde queda
un lugar llamado ‘La casa de los búhos’? Nadie sabe decírmelo”.
-
“Mirá,
creo que es en el otro pueblo, a unos 30 minutos de aquí, por la ruta más
estrecha que nadie agarra”.
-
“Gracias,
qué lúcido se lo ve para no ser de aquí. Nadie supo indicarme el camino. Aquí
en mi pueblo hay un dicho popular que afirma que nace un lúcido cada 300 años,
pero no sé si creerles. Bueno, gracias. Adios.”
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