EL MUNDO PULMÓN

Había una vez un mundo pulmón. Éste tenía ciclos permanentes en los cuales inspiraba y exhalaba. Ciclos donde agrandaba su tamaño, se expandía, todo circulaba y se abría como si fuera un elástico volando las personas por los aires. Y también otros momentos donde el mundo exhalaba, se contraía, contenía, ordenaba y la gente caía en un espacio completamente nuevo como resultado de las caídas por los aires. El mundo se agrandaba y encogía todo el tiempo. Pero la cuestión de este mundo tan particular era que esa inspiración abría tanto que podías ser enviado a la otra punta del continente o incluso al mar, a la punta de la montaña o al desierto.
Aquellos que se negaban a esos ciclos eran quienes más sufrían porque, tarde o temprano, lo aceptaran o no, el mundo pulmón se encargaría de enviarlos a algún sitio nuevo, con gente nueva o hasta, en ocasiones, inhóspito. Algunos permanecían en la falsa ilusión de que pertenecer era estar toda la vida en el mismo sitio, incluso conservaban el equívoco sueño de que su familia sería la misma y para siempre. Otros, cuando sentían llegar el ciclo de exhalación y expansión, se negaban a ello pidiéndole a los dioses que los convirtieran en piedra, a lo que estos muchas veces aceptaban olvidándose, las personas, de que al hacerlo perdían la movilidad y el lenguaje y eran enterrados bajo la tierra.
Solo aquellos que se disponían a aprender el arte de adaptarse a los ambientes nuevos podían sobrevivir. Incluso el mundo era tan generoso con todos, que, en tan solo unos pocos días, si el destino te enviaba al fondo del mar, podían crecerte branquias, aletas y sobrevivir debajo del agua. Ese mundo mágico era tan poderoso que la misma anatomía era flexible y estaba dispuesta a ayudarte a sobrevivir.
Finalmente estaban aquellos, los más sabios, que habían aprendido a respirar al compás de la tierra, inspirando y exhalando a la par del mundo pulmón. Eran uno solo con este planeta, a tal punto que sus cuerpos perdían densidad, se volvían un éter y dejaban de percibir los cambios, o, mejor dicho, al revés, asumían que su naturaleza, en realidad, estaba en los ciclos de cambio.

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