HISTORIA DE UN TAXI
Dicen que los taxistas tienen fama de fachos. Se lo han creado porque, en buena medida, su trabajo está cargado de historias; son el cofre en el que guardan los secretos de todo el pueblo. Sino, ¿cómo resistirían tantas horas arriba del auto? Yo creo que hasta se lo tienen merecido porque escuchan más la vida de la gente que los políticos. Andar en un taxi es, o contarle de tus problemas, tu día y adónde vas o hablar del clima.
Y resulta que una vez me subí a un taxi manejado por un hombre de Cuba. Ya desde el principio me marcó la cancha y no parecía dispuesto a correr la línea. “Porque ustedes en Argentina tienen al mejor Presidente de la actualidad... Parece que les gusta comer tierra…” “Y el lugar de las mujeres es algo natural, sino mira en períodos de guerra cómo espontáneamente el varón toma el fusil y la mujer cura a los heridos o cocina…”. Yo cada vez retrocedía más en mis intervenciones, no tanto por el contenido de lo que decía sino por la inflexibilidad de sus ideas. A medida que pasaba el tiempo notaba que esto era cada vez menos una conversación. “Porque en mi país…pobre mi país…” Y ahí no sólo que ya no respondí, sino que no dejaba mi piel frente a alguien que… ¿qué buscaba con eso? ¿realmente intentaba persuadirme? ¿podría convencer a alguien de esa manera? ¿dónde quedaban sus decálogos de verdades si me edulcoraba más y más conforme me acercaba a mi destino?
La verdad es que me aburre estar frente a aquellos que la tienen tan clara. Si hubiera cometido el pecado de dejarme llevar por mi ego y refutarle una mínima de sus certezas a alguien que no tenía el deseo de ponerlas en juego, posiblemente hubiese pasado un momento desagradable.
Conforme más optaba por mi silencio, más solo lo dejaba con sus ideas. Tantas certezas no hicieron más que crearle muros cada vez más altos y encerrarse a tomar el café, un café concentrado y amargo en cuyas sillas estaban sentados puros “yo”. Pero, en el fondo me preguntaba, ¿de qué se estará cuidando con esos muros? ¿de quién se estará cuidando? ¿lo habrán lastimado? ¿por qué habrá perdido el talento de escuchar que tan desarrollado tienen los taxistas? Al final, cambié mi emoción y sentí algo de pena; ese hombre estaba enojado y, por lo tanto, tal vez triste, decepcionado. No lo juzgo, pero no pudo salir de su castillo y tampoco me dejó entrar. No sé si yo quería entrar, pero me quitó las ganas de pedirles permiso y, además, no hizo más que reforzar esa consensuada máxima de que “los taxistas tienen fama de fachos”.
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