JUGAR MIENTRAS SE PUEDA

El mar se acerca y aleja y el niño cree que, a partir de ahora, la playa le será más grande y sólo para él. Tal vez esa ilusión dure algunas horas o, exageradamente, un par de días, aunque eso es problema de los adultos. Él tendrá que saber en ese tiempo hasta dónde desafía ese límite que la naturaleza cuidadosamente le habrá puesto, aunque para él no exista el tiempo. Tal vez le pida a su madre ir por la noche para construir su castillito de arena a 50 metros de la orilla, ahí donde nunca nadie ha podido hacerlo. Seguramente mañana se olvide de hasta dónde llegó esa obra que el mar le permitió por un rato. O es posible que, sintiéndose triunfador, le narre con los ojos brillosos a sus amigos la hazaña de haberle ganado al mar. Escribirá la historia de los reyes que vivían dentro del castillo y cómo los dioses fueron más fuertes que el destino de las cosas y que, por su fe, echaron al mar para levantar una civilización. Y recordará cómo los herederos cantarán a generaciones el comienzo de un nuevo porvenir. El mar no existirá ni habrá existido en ese sitio. Será ya cosa del pasado en el mundo de la niñez. No habrá tiempo en ese reinado, sólo el recuerdo de que, mientras el destino lo permitió, le habrán ganado a aquello que debía ser. En unas horas volverá la marea y derribará el castillo de arena, pero no el relato. Un día el niño recordará que el mar se corrió para darle lugar a sus sueños y, en ese momento, sólo por unos instantes, el niño habrá jugado.

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